23. Panegíricos, o requiebros, y Semblanzas toreras: Juan del ALAMO

Es joven, y como tal, tiene la desvergüenza – bendita arrogancia inocente – de creerse libre y exigir justicia en este mundo trapezoide de los toros.

Se sabe mirobrigense, superviviente a una tierra de luchas y pertenencias alternativas en la que ingleses, franceses, portugueses y españoles han peleado por la “patria potestad” de una ciudad-territorio de piedras históricas;  pero él prefiere sentirse salmantino y charro, orgulloso de tierras y saberes.

Rompió de novillero hasta hacer saltar el escalafón y recibió el doctorado con esa solemnidad que la historia retiene en Salamanca.  Su firma con sangre de toro esculpida en piedra de Villamayor pone fin a su adolescencia cronológica y taurina. Nada quiere saber de “capeas” ni de peleas de “gallos”, nada de aventuras de bandas de barrio;  él quiere salir hacia arriba y hacia delante, hacia las grandes plazas de los grandes toros, allá donde se acobardan los hombres. Y allí, con su orgullo charro, su valor de brote verde y la fuerza de su ambición arranca orejas donde otros compañeros bachilleres sólo empapan sudores fríos.

El poder institucional – con ese sordo pero eficaz afán filicida y que para nada gusta de rebeldías – le abre pocas puertas, obligándole una y otra vez a hacer cursos de Erasmus en América. Pero él vuelve, vuelve siempre para intentar intercambiar méritos por oportunidades,  para exigir justicia y sitio.  Ese sitio que la memoria de la afición ya le aguarda para verle o imaginarle ante los grandes toros.

Es la esperanza del niño David, siempre sabio, siempre colocado  en el mejor lugar de las apuestas.

Abril 2015

Juan del ALAMO

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