A Enrique Ponce

y en su nombre al nivel de la mayoría de ganaderías que acudieron a la Feria de San Isidro 2017, y en parte, solo en parte, al público de las Ventas de Madrid.

Enrique Ponce torea para trascender a la Historia, no sabe si a la Historia Universal de los Grandes Maestros de Arte, si a la Historia de la Tauromaquia o a su propia Historia personal.  Posiblemente para todas esas cosas.

Sabedor de su propio saber no necesita jugársela a varias bazas. Juega  una vez, con lo que le toque, y ahí va a desplegar ciencia y arte en una conjunción que a la mayoría de los  mortales se nos antoja una utopía.

Heredero directo de Paquiro sabe la distancia, la velocidad  y el trazado de los toros en el que a éstos se le derraman las endorfinas y encuentran goce en repetir la embestida y el sometimiento. Goce de amo convertido en esclavo, goce de rehén con síndrome de Estocolmo hacia su secuestrador.

En un juego en el que ya no se juega a la muerte ni a las emociones de congoja sino  al puro placer de la belleza apacible, belleza firme, científica, exacta, geométrica.

Con él las ganaderías bravas, esta vez fue Garcigrande, reclaman su derecho a “sacar tó’lo que llevan dentro” y a mostrar su firma torera. Él, a veces solo él, puede transformar los vientos salvajes y sombríos de sus castas en brisas pastueñas con ritmos de melodías bailables.

Es por eso que a través de su nombre rinda tributo a la presentación de toros en Madrid en la mayoría de las corridas. Fue un Garcigrande, como pudo ser un Doloresaguirre, un Alcurrucén, un Victorino, un Rehuega, etc.., tarjetas nobles de presentación a esos ganaderos de toros bravos que contra viento y marea siguen criando y cuidando, al menos para Madrid,  el toro para toreros sabios y valientes y para una afición que intenta equilibrarse entre entendida y exigente.

Y grande también el mérito por esta vez el público de Madrid,  que ha sabido premiar y ratificar la categoría y trayectoria extraordinaria del Maestro indiscutible de los ruedos en los primeros veinte  años de este siglo. Público que también ha sabido trascender en su valoración – presidente incluido – desde lo concreto de un encuentro hombre-toro a la universal dialéctica entre el Hombre ávido de Conocimiento,  Poder y  Creatividad con los representantes escénicos de la Vida y/o de la Muerte, que eso es la esencia de la Fiesta de los toros.

Grande Enrique Ponce. Grande de España y de la Tauromaquia.